Por Andrés Sierra
La Navidad no siempre llega envuelta en papeles brillantes ni en luces perfectas. A veces llega en silencio, caminando despacio por los pasillos de la memoria, tocando con suavidad las puertas del corazón. Así la recuerdo yo: como una llama pequeña, persistente, que se niega a apagarse incluso cuando el mundo parece cansado de creer.
Recuerdo la Navidad como un olor a hogar. A pan recién hecho, a café compartido, a risas que nacen sin esfuerzo alrededor de una mesa sencilla. No importaba cuánto hubiera, sino quiénes estaban. En esos instantes, el tiempo parecía detenerse para enseñarnos que la verdadera riqueza no se cuenta en regalos, sino en abrazos que curan, en miradas que dicen “aquí estoy” sin pronunciar palabra.
La Navidad era también espera. Esperar la medianoche con el corazón inquieto, esperar una reconciliación, una llamada, un perdón largamente postergado. Era el momento en que incluso las ausencias se sentaban con nosotros, recordándonos que el amor no muere, solo cambia de forma. Cada silla vacía tenía nombre, historia y lágrimas contenidas, pero también gratitud por lo vivido.
En la memoria, la Navidad se vuelve un acto de fe. Fe en que el bien aún es posible, en que la ternura sigue teniendo sentido, en que la humanidad puede reencontrarse consigo misma aunque sea una noche al año. Era la época en que aprendíamos a mirar al otro con más paciencia, a dar sin preguntar, a compartir sin medir.
Hoy, cuando pienso en la Navidad, no la pienso solo como una fecha, sino como una responsabilidad. La responsabilidad de mantener viva su esencia durante todo el año: ser más humanos, más solidarios, más conscientes del dolor ajeno. Porque de nada sirve encender velas en diciembre si apagamos la esperanza en enero.
Esta crónica no es nostalgia vacía; es memoria viva. Es un llamado suave pero firme a no olvidar que la Navidad habita en los gestos pequeños, en la palabra justa, en la mano tendida. Vive en cada acto de amor sincero, en cada decisión de paz, en cada intento de ser mejores.
Que la Navidad no sea solo un recuerdo bonito, sino una forma de caminar la vida.
Andrés Sierra


